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El sábado acompañé a alguien a un velorio.

​

No tuve miedo.

No le esquivo a la muerte, está mucho más presente de lo que quisiera.

Nos íbamos a reencontrar después de un tiempo, y quería decirle que no le guardo rencor

(pero que, por favor, no vuelva pronto).

 

Estaba bien, hasta que vi a la hermana hundida en un sillón,

dos nietas sosteniendo sus manos.

 

Ella no estaba ahí.

Era la mirada de quien se está ahogando,

los ojos rojos con sangre de una herida que no sangra,

el cuerpo débil,

roto,

el alma en pausa,

y la muerte ahí al lado, en silencio.

​

No le tenía miedo, hasta que la vi ahí.

Quise decirle:

—Mirá, lo estoy sanando. Todavía duele, pero estoy bien —.Y no pude hablar.

 

Busqué desesperada un ancla, y terminé semi ahogada en los ojos de la hermana,

que estaba tirando sogas que nadie veía.

 

Sonreí, y la até.

Me devolvió la sonrisa.

La muerte, al lado, asintió con respeto.

 

Nadie ve las sogas que tira un ahogado, salvo que se haya ahogado también.

Solo necesitamos alguien que nos recuerde que todavía se puede nadar.

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