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Yo no sabía que huía de sentir,

porque me dolía algo y lo escribía, lo hablaba, lo daba vueltas mil veces, y creía que estaba procesando.

 

Pero no.

​

Todos esos son mecanismos de escape para no pensar en el nudo en la garganta, en las piernas débiles, en la traspiración de las manos y las inconfundibles cosquillas justo antes de llorar.

 

Racionalizar las emociones, se llama.

 

Cuando me di cuenta, dejé de pensar por qué me pasa algo,

y empecé a buscarlo en el cuerpo,

para que deje de viajar por todos lados y se quede quieto en un lugar.

De todo este viaje, lo más difícil ha sido

simplemente

sentir.

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