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Se acercó con un paquete escondido entre las manos.
—Te traje un regalo.
—Por qué?
Antes de contestar, extendió la mano y me dio una bolsita llena de estrellas.
—Una vez, hace un montón, te dije que la magia no existía, que era una estupidez. Y vos te enojaste, te acordás?— Yo asentí mientras mis dedos desataban el nudo de hilo.—Te enojaste, y me dijiste que la magia estaba en todos lados, que vos creías, y que no era estupidez...
Me senté en el suelo y desparramé las estrellas marrones en la alfombra.-
—El otro día entré a una dietética, y encontré estrellas de Anís, y me acordé de vos. ¿Quién hubiera dicho que se podían tomar estrellas? Levanté la vista de la alfombra y con una sonrisa te dije:
—¿Viste? Magia.
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