Eran las primeras fiestas mixtas.
La clase entera estaba alterada porque hacía tres sábados que Belu y Juan bailaban los lentos abrazados.
—Re tiernos—me confesó una amiga, mano al corazón—. Se re quieren.
Yo no los había visto.
Todavía no había dejado de jugar con muñecas, y me daba igual bailar con el cuerpo pegado a alguien más. Pero el sábado siguiente fui, y los vi, y todo el mundo coreaba que eran divinos juntos, y se querían tanto, aunque sospechaba que nadie entendía muy bien por qué.
Al menos yo no entendía, porque me faltaba conocerte.
Y ojo, no voy a decirte que tus abrazos son distintos, o que desde que te conozco mi vida es un degradé de rosas y pies envueltos en aire y algodón. Miento si te digo que no tengo ojos para otro.
Pero sí me faltaba abrazarte para entender lo que, para el resto, había sido obvio desde siempre.
Abrazás con el cuerpo entero, mi amor, no son tus brazos nada más.
Y me siento de quince.