Cuando cumplí veinte, mi abuela me llamó a un costado y puso una vela en mis manos:
—Prendela una vez al año, el tres de julio. Y pedí lo que necesites. Sólo eso, y nada más. No hay que abusar.
—¿Lo que sea? ¿Seguro?
—Lo que 𝕟𝕖𝕔𝕖𝕤𝕚𝕥𝕖𝕤 —me aclaró.
Mi abuela murió ese mes, y recién al año siguiente me animé a prender mi vela.
𝙽𝚎𝚌𝚎𝚜𝚒𝚝𝚘 𝚙𝚊𝚣, pensé. P
ocas semanas más tarde, conocí a la psicóloga que me cambió la vida: Luz.
A lo largo de los años ,pedí coraje (infundido en una charla profunda con papá frente a una fogata), trabajo (el cliente más grande del estudio es una empresa que se llama Pabilo), un perro (la dueña del hogar de tránsito se llamaba Mercedes, y le decían Mecha) y empatía (sigo el ejemplo de Llama, un chico de un grupo solidario que es puro calor).
Este año pedí confianza en mí, y fe en lo que hago.
No sé cómo lo hacés, pero gracias por tanto, abuela.
Nunca fuiste muy sutil.